Historia de amor de una profesora (y no es amor de pareja)

 

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Existen distintos tipos de estudiantes de pedagogía; uno de ellos es el que entró a estudiar PEGAjodía porque no les alcanzaron los puntos para nada más (diríamos que estos son los más pobres de todos, porque aparte de no ganar muchos, son pobre e infelices haciendo lo que no les gusta por no saber para donde iba la micro al momento de postular); hay otros que estudian esta para ser profes porque tienen una motivación interior, esa voz que te llama y te dice que entregues tu vida a educar (esa no soy yo); y estamos los que estudiamos pedagogía porque nos gusta el contenido de lo que enseñaremos, pero no la enseñanza en particular. En mi caso, estoy a punto de salir de Pedagogía en Inglés porque sencillamente toda mi vida me ha gustado el Inglés y sabía que como traductora no tenía mucho que hacer; pero la vida cambia. 

      Estuve yendo a prácticas durante mis años de universidad, prácticas en la que me tocaban niños de enseñanza media si ni una gana de aprender, cabros de colegios marginales que faltaban el respeto, alumnos pequeños que no le ponían mucho empeño y así un sin fin de alumnos que me desmotivaban más y más para seguir en esta carrera. La vida me regaló una oportunidad de trabajar un año enseñando a un kinder. “Kinder, pensé yo, que desgracia, cabros chicos (de los cuales no era la mayor fan) que no te ponen atención, niñitos que van a puro jugar al colegio, qué pesadilla” y sin ni una motivación partí a enseñar. Qué sorpresa me tenía la vida, qué sorpresa más linda. Al principio fui con todo el prejuicio de “esto no va a resultar” y ya me veía trabajando en un Starbucks vendiendo café al terminar la universidad, “tengo que terminar, después veré que hago” es lo que siempre me decía a mi misma. Comencé mis clases con los pequeños con una distancia, no con muchas ganas y medio desmotivada, todo fue lento, fue un proceso que me costó, poco a poco la vida me fue mostrando lo que yo no sabía que quería. Niños de 5 años, llegando al colegio de la mano de sus papás, sin saber nada de nada; niños están recién comenzando a vivir, son unas esponjas que absorben todo lo que tú les digas. Con el paso del tiempo me di cuenta que yo no solamente era profesora, sino también la “Mamá” de ellos durante el día, comencé a hacer relaciones mucho más cercanas con cada uno de ellos y yo ya no era la profe, sino que era la “Tía” la “amiga” y muchas veces fui llamada mamá. ¿Por qué?, porque la pega de un profesor no es solamente entregar los conocimientos que uno aprendió por 5 años, la pega del profe va mucho más allá. La mayoría de los alumnos pasan HORAS y casi la mayor parte del día contigo, te ven a diario y las relaciones personales son inevitables. De a poco comencé a llamar a los niños de kinder “mis niñitos” de a poco le fui tomando el gusto a llegar día a día a esa sala de clases y enseñarles algo que nunca olvidarán (porque a nadie se le olvida la tía de kinder), de a poco me fui dando cuenta que quizás la vida me puso en pedagogía no solo por mera coincidencia, quizás el destino (o llámenlo como quieran) me tenía un final que me iba a ser feliz por siempre. Dentro de mis planes nunca estuvo trabajar con niños, de hecho mi carrera es para enseñanza media, pero al estar trabajando con ellos, pude sentir la cercanía y amor que esos pequeños tienen para darte. Te cuentan todo lo que pasa en la casa, lloran porque no les pones atención, están llenos de ganas de aprender, miles de veces llegaron con algo para comer o alguna carta confesando el amor.

     Les voy a contar una historia, la historia que cambió mi vida y me hizo amar lo que hago y darme cuenta que esto es lo que Dios tenía para mi.

    Cuando comencé a trabajar con este kinder, hubo un niño que llamó particularmente mi atención (Pongámosle Pablo, para no dar nombres), un pequeño con ojitos de pena que desde el día uno captó mi atención. Pablo era un niño rebelde, sin muchas ganas de aprender, bastante desordenado y más bien gruñón. Siempre había que llamarle la atención u obligarlo a trabajar. En la sala yo no estaba sola, trabajaba con otra profesora con una carrera muy larga, acostumbrada a trabajar con niños, ella me enseñó muchas cosas. Cada vez que Pablo se portaba mal, ella lo enviaba conmigo para que trabajara individualmente con él. Comencé a relacionarme cada vez más con este niño, a tomarle poco a poco más cariño, sin saber absolutamente nada de su historia de vida, de a poco Pablo fue teniendo mejores resultados, comenzó a contarme más cosas, a abrazarme más, a sonreir como un niño de 5 años debe hacerlo. Un día, tuvo un comportamiento horrorso en clases y la profesora (no yo) comenzó a regañarlo como corresponde (la verdad es que era merecido), mi reacción fue la más extraña que pude haberme pasado; al escuchar esto, me dieron ganas de llorar y protegerlo ¿Por qué? me preguntaba yo, por qué quiero a este niño por sobre todos los demás?, le pedí a la profesora que dejara de retarlo y que me dejara llevarlo a la guardería, lugar al que iba todos los días después de clases, siempre pensé que sus papás debían trabajar mucho; al llegar a la guardería con él en brazos, la niña que los cuidaba me dice: “Cómo te llamas?” “Poulette, pero todos en el colegio me conocen por Pola” respondo, a lo que ella me dice: “Tú eres la que Pablo le dice mamá!, un gusto conocerte” en ese momento se me heló todo el cuerpo, ¿Tan grande era mi relación con él para que me llamara así?, no le dije nada, le di un abrazo a Pablo y lo dejé ahí, me fui pensando, pensando y pensando ¿Cuál será la historia de este niño?; al otro día, fui al colegio como de costumbre, entré a la sala y lo vi, pequeño, con esos ojitos de pena, me miró, corrió a abrazarme y fue entonces cuando dije: “Yo quiero saber más de él”, Pablo siempre llegaba al colegio con una señora de edad, muy de edad, siempre supe que era su abuela, todos la conocían, pero nadie me decía nada. Al terminar la clase un día cualquiera poco tiempo después de este hecho, me encontré con la abuela en la calle, sin pensarlo corrí hacia ella y le dije: “Disculpe, es usted la abuela de Pablo?” -“sí” me responde ella: “Usted no me conoce, yo soy la profesora de Kinder de Pablo y quería preguntarle si un día de estos lo puedo sacar a pasear en la tarde, simplemente para estar más tiempo con él”, la respuesta se su abuela fue mirarme fijamente y decir: “Tú eres Pola?” -“Sì” le respondí yo, ella con los ojos llenos de lágrimas me dice: “Pablo siempre me habla de ti, me dice que eres su mamá y que lo quieres mucho, todos los días me dice que su mamá está en el colegio; la madre de Pablo, mi hija, falleció hace 3 años, cuando Pablo era muy pequeño, su padre está en la cárcel y todo lo que tiene es a mi”. Mis ojos se llenaron de lágrimas, he ahí la razón por la que ese niño se comportaba de esa forma, he ahí la razón por la que Pablo nunca llegaba con las tareas hechas, he ahí la razón por su carita de pena, por su soledad, por todos los comportamientos que un niño puede tener. La abracé y le pedí que me dejara quererlo, así fue hasta que dejé el colegio, cuando se terminó el año y tuve que despedirme de él. 

   Con Pablo teníamos una relación muy bonita, yo lo ayudaba a estudiar después de clases, me contaba sus cosas y yo amaba abrazarlo, era un niño, un pequeño que sólo buscaba amor. Al momento de terminar mi año en ese colegio, Pablo me preguntó si algún día iba a volver a verlo o a buscarlo para venir a vivir conmigo a Chile, siempre le dije que volvería sin saber que algún día lo haría. 

     Esta pequeña historia, es una de las tantas que tanto yo, como muchos profesores de este país, les ha tocado vivir, este fue mi motor para darme cuenta que mi lugar en el mundo no está en ningún otro lugar, más que en lo que estoy ahora, tocando vidas desde el comienzo, enseñando lo que sé y no siendo sólo una profesora, sino más bien involucrarme con ellos, porque la pega del profesor es jodida, la pega del profesor es difícil. Es muy fácil entrar a estudiar esto, pero hay que pensar en la responsabilidad que implica enseñar a aquellos que serán el futuro de Chile. 

    Es difícil trabajar en esta sociedad en donde los colegios con más dinero le dan el derecho a los alumnos, en el cuál los profesores no pueden enseñar valores, porque el papá del niño llegará a pararte los carros; es difícil enseñar en un colegio donde los más vulnerables no tienen la motivación para salir adelante; pero es mucho más difícil ser un profesor en este país, en donde nos descalifican como “simples profesores” en donde los sueldos son un chiste, en donde hay que hacer manifestaciones y paros frente a cualquier modificación que se haga en el gobierno, es difícil enseñar en un país donde el dinero domina, donde un alumno trata de TÚ a todos, donde no existe el respeto, donde los colegios prefieren perder a un buen profesor en vez de un par de alumnos pagando millonadas ridículas en colegios pitucos. Es difícil que un profesor se motive a trabajar en un colegio público donde no valorarán nada y te pagarán una miseria, es difícil saber que te esforzaste cinco años para llegar a una realidad de la que muchos ni se imaginan. 

   Los profesores somos los que pasamos la mayor parte del día con tus hijos, los profesores enseñamos todo lo que repiten en la casa, los profesores nos involucramos tanto con los niños que pasan a ser parte de nuestra familia, donde te pueden contar cosas que a un padre no les dirían, los profesores somos psicólogos, nanas, niñeras, mamás, amigos, consejeros, los que ponen las reglas y los que enseñan, entre otros. 

 ¿Hasta cuándo habrá que esperar para darnos el valor que merecemos? ¿Cuántos Pablos y Polas andan por ahí?.

Esto lo leí por ahi: “En Japón, el único profesional que no precisa reverencia al emperador, es el profesor, pues según los japoneses, en una tierra donde no hay profesores, no puede haber emperadores. 

 

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